TRES FORMAS ANTIGUAS DE ENTENDER EL EQUILIBRIO DEL CUERPO

LO QUE LA MEDICINA ANTIGUA SABÍA SOBRE EL EQUILIBRIO DEL CUERPO

A veces, culturas muy distintas parecen decirnos lo mismo con palabras diferentes: el cuerpo no vive separado de la naturaleza.

Medicina china, ayurveda y sistema galénico nos recuerdan algo sencillo: antes de apagar una señal, quizá deberíamos aprender a escucharla.

Hay ideas que no se entienden del todo cuando una las lee deprisa. Pero cuando las dejas reposar un poco, como cuando estamos tomando un café con calma y una conversación empieza a abrirse sola, de pronto algo interesante encaja.

Eso me pasa con la medicina tradicional china (MTC), con el sistema galénico y con el ayurveda.

Nacieron en lugares distintos, con observación y práctica durante siglos y casi milenios, con símbolos distintos, con palabras que a veces parecen muy lejanas entre sí. Pero cuando las miras despacio, sin intentar convertirlas en una teoría rígida, aparece un hilo común muy claro: las tres intentan comprender el equilibrio.

No hablan del cuerpo como si fuera una máquina aislada. Lo miran como parte de algo más grande. El cuerpo dentro del clima. El cuerpo dentro de las estaciones. El cuerpo dentro de la alimentación, del descanso, de la edad, del cansancio, de las emociones, del frío de la mañana, del calor del verano, de la humedad del ambiente o de la sequedad del otoño, buscando la armonía y equilibrio de todas las cosas.

Y esto, cuanto más lo pienso, más sentido tiene.

Porque una no está igual en enero que en agosto. No digerimos igual cuando estamos tranquilas que cuando llevamos días tensos. La piel no responde igual con humedad que con viento seco. Una infusión, un vinagre, un aceite o un alimento no actúan igual en una persona agotada y seca que en otra pesada, fría y congestionada.

La medicina tradicional china habla del Yin y el Yang. Dos fuerzas opuestas, sí, pero no enemigas. Más bien dos fuerzas que se necesitan para poder existir. Sin la luz no podríamos reconocer la oscuridad. Sin la noche, el día no tendría el mismo sentido. El día cambia a la noche y la noche vuelve a abrir paso al día. Uno sin el otro no podría existir. Y precisamente ahí está el equilibrio: no en eliminar una fuerza, sino en permitir que ambas se regulen.

El Yin y el Yang representan esa danza continua entre lo frío y lo caliente, lo interno y lo externo, lo quieto y lo activo, lo que recoge y lo que expande. No son estados fijos. Son movimientos. La salud, dentro de esta mirada, no sería quedarse siempre en un lado, sino no perder demasiado la relación entre ambos.

Pero la medicina china no se queda solo en Yin y Yang. También habla de los cinco movimientos o cinco fases: Madera, Fuego, Tierra, Metal y Agua. No me gusta verlos como “elementos” muertos, como si fueran piezas colocadas sobre una mesa. Me parece más bonito entenderlos como movimientos de la vida, como formas en las que la naturaleza cambia, se transforma y se regula.

La Madera representa el crecimiento, el impulso, la expansión, aquello que brota y empuja hacia delante. El Fuego representa el calor, la intensidad, la transformación, la luz, el momento en que algo alcanza su máxima expresión. La Tierra representa el centro, la nutrición, la digestión, la estabilidad, pero también puede relacionarse con la humedad cuando ese centro se vuelve pesado, lento o acumulativo. El Metal representa la sequedad, la contracción, el límite, la depuración, la respiración y la capacidad de soltar. Y el Agua representa el frío, la profundidad, la reserva, el descanso, lo que desciende y conserva la vida en silencio.

Aquí me parece importante detenernos un momento, porque esto nos ayuda mucho a no confundir los sistemas.

En medicina tradicional china, la humedad no aparece como un elemento independiente, sino como una cualidad que se relaciona mucho con la Tierra cuando esta pierde su armonía. Por eso se habla tanto de pesadez, digestión lenta, acumulación, sensación de cuerpo cargado o falta de transformación. Es como si la Tierra, en vez de nutrir y sostener, empezara a retener demasiado.

Y el Metal pertenece claramente a este mapa chino. Simbólicamente nos sirve muchísimo: el Metal nos habla del otoño, de la piel, del pulmón, de la respiración, de lo seco, de lo que corta, separa, ordena y suelta. Es una imagen muy potente. Como los árboles cuando dejan caer las hojas. Como el cuerpo cuando necesita expulsar lo que ya no sirve.

La medicina china, entonces, nos ofrece un ciclo precioso: la Madera alimenta el Fuego; el Fuego deja ceniza y nutre la Tierra; la Tierra genera Metal; el Metal ayuda a condensar y conducir el Agua; y el Agua vuelve a alimentar la Madera. Es una forma simbólica de decir que nada vive aislado. Todo nace de algo, todo transforma algo y todo prepara lo siguiente. Como las estaciones del año.

Y cuando lo miras así, entiendes que el cuerpo también funciona en ciclos.

Hay momentos de brotar, momentos de arder, momentos de sostener, momentos de soltar y momentos de guardar fuerzas.

El sistema galénico, que viene de la tradición grecorromana y estuvo durante más de 1.500 años muy presente en Europa y en el mundo mediterráneo. Es el que más he estudiado. Miraba el cuerpo desde otra estructura: las cualidades de calor, frío, humedad y sequedad. Estas cualidades se aplicaban al cuerpo humano, pero también a los alimentos, a las plantas, a las estaciones, a los temperamentos el cuerpo y a los efectos de los remedios de las plantas medicinales.

Para explicarlo de forma sencilla, podemos verlo así: el Fuego representa el calor; el Agua representa la humedad; el Aire puede ayudarnos a entender la sequedad, ese movimiento que seca, dispersa y aligera; y la Tierra se puede relacionar con lo denso, lo pesado, lo amargo, lo que baja, recoge y concentra. Esta no es una tabla rígida para memorizar, sino una forma más fácil de acercarnos a la idea principal: la naturaleza expresa cualidades, y esas mismas cualidades también se manifiestan dentro del cuerpo humano.

Aquí hay algo que a mí me parece muy útil, porque una planta no se veía solo como “buena para esto” o “buena para aquello”. Se observaba su efecto. Si calentaba, si enfriaba, si secaba, si humedecía, si movía, si retenía, si abría, si contraía. Y eso cambiaba completamente la forma de usarla.

Por ejemplo, una planta como el romero puede entenderse como una planta de cualidad caliente y seca: activa, mueve, estimula, despierta, ayuda a sacar al cuerpo de cierta lentitud o frialdad. Por eso no se siente igual tomar romero en un cuerpo apagado, frío o pesado, que en una persona ya muy acelerada, seca o con exceso de calor. Por esta razón insisto tanto en que romero no ayuda siempre cuando te duele algo porque si tu dolor tiene efecto de calor, el romero solo empeora y no ayuda.

En cambio, una planta suave y calmante como la manzanilla podemos reconocerla de forma práctica como una planta más fresca, húmeda y apaciguadora en su efecto cotidiano: calma, suaviza, relaja, acompaña la digestión y ayuda cuando el cuerpo necesita bajar la intensidad. No todas las tradiciones clasifican cada planta exactamente igual, pero para explicarlo de forma sencilla, estos ejemplos ayudan a entender la idea principal: las plantas no actúan solo por “servir para algo”, sino por la cualidad que aportan al cuerpo.

Y aquí es donde el sistema galénico se vuelve muy práctico para quien trabaja con plantas.

Porque no basta con preguntar: “¿Esta planta para qué sirve?”

La pregunta buena sería: “¿Qué cualidad tiene esta planta y qué cualidad necesita este cuerpo ahora, en este momento y en este estado?”

Si hay exceso de frío, quizá se busca calentar. Si hay exceso de calor, quizá conviene refrescar. Si hay demasiada humedad, quizá se necesita secar o mover. Si hay demasiada sequedad, quizá hay que humedecer, suavizar o nutrir.

En este sistema, el cuerpo humano era visto como un pequeño reflejo del mundo. Los mismos elementos que existían en la naturaleza también actuaban dentro de la persona. Por eso la enfermedad no se entendía solo como algo que aparece de golpe, sino como una pérdida de armonía entre esas cualidades. Demasiado calor. Demasiado frío. Demasiada humedad. Demasiada sequedad. O una combinación mal proporcionada.

Los humores del Galeno también se interpretaban dentro de ese marco: la sangre, la flema, la bilis amarilla y la bilis negra. Hoy no necesitamos leerlos de forma literal como se hacía antiguamente, pero sí podemos reconocer ciertas imágenes en estados que seguimos viendo. Y aunque Galeno fue ridiculizado y su sistema dicen que es obsoleto, creo firmemente que sus conocimientos en gran parte de su trabajo tienen un fundamento real. No es que todo su conocimiento sea verídico al 100% porque con la medicina moderna sabemos que algunos temas ya no tienen sentido y aquí viene otra vez mi objetivo – desarrollar el criterio personal.

La sangre, asociada a lo caliente y húmedo, puede recordarnos la vitalidad, el movimiento, el color, la circulación, la vida que empuja. La flema, relacionada con lo frío y húmedo, nos lleva enseguida a la mucosidad, la congestión, la pesadez o retención de líquidos, esa sensación de cuerpo cargado o lento que todavía hoy reconocemos perfectamente. La bilis amarilla, vinculada a lo caliente y seco, nos recuerda estados de irritación, acidez, inflamación, exceso de fuego digestivo o tensión y estrés. Y la bilis negra, asociada a lo frío y seco, puede evocarnos estados de sequedad, rigidez, bloqueo, melancolía y depresión o falta de movimiento vital.

No se trata de decir que la medicina moderna explique el cuerpo exactamente así. No. Pero sí es interesante observar que muchas de esas imágenes antiguas siguen hablando de estados que hoy seguimos reconociendo: congestión, inflamación, acidez, sequedad, pesadez, agotamiento, irritación, estancamiento. El lenguaje en las ciencias ha cambiado, pero la experiencia corporal sigue estando ahí.

Y esto se entiende muy bien en la vida diaria.

Hay cuerpos que tienden a secarse. Otros a retener. Otros a calentarse enseguida. Otros a enfriarse y apagarse. Hay digestiones lentas, pieles resecas, gargantas irritadas, personas que se congestionan con facilidad, otras que se agotan si se les estimula demasiado, otras que necesitan movimiento porque se quedan estancadas. Y este estado puede cambiar en cuestión de horas o meses.

No somos iguales. Y tampoco estamos siempre igual.

Luego está el ayurveda, que tiene otra manera de explicar esta misma búsqueda de equilibrio. En vez de hablar de humores como Galeno o de Yin-Yang y cinco movimientos como la medicina china, habla de tres doshas: Vata, Pitta y Kapha.

Vata se relaciona con el movimiento, lo ligero, lo seco, lo frío, lo cambiante. Pitta con el calor, la transformación, la intensidad, el fuego digestivo, la agudeza. Kapha con lo húmedo, lo pesado, lo estable, lo frío, lo nutritivo.

Otra vez aparece la misma idea: cada cuerpo tiene una tendencia, y cada tendencia puede mantenerse en armonía o desbordarse.

El ayurveda también observa mucho los alimentos, pero no solo por sus nutrientes. Los mira por sus sabores, colores, efectos y cualidades. Tradicionalmente trabaja con seis sabores: dulce, ácido, salado, picante, amargo y astringente, y cada uno tiene efectos distintos sobre los doshas y sobre el equilibrio del cuerpo.

El dulce puede nutrir, construir y calmar. El ácido puede estimular, despertar y mover. El salado puede humedecer, ablandar y abrir. El picante puede calentar, activar, secar y movilizar. El amargo puede refrescar, aligerar y depurar. El astringente puede secar, contraer y recoger.

Y cuando miras muchos platos tradicionales de la India, entiendes que no se trata solo de comer algo bonito o sabroso. Hay una búsqueda de equilibrio entre color, sabor, aroma, textura y sus efectos. El amarillo de la cúrcuma, el rojo del chile, el verde de las hierbas, el blanco del arroz o del yogur, el marrón de las semillas y especias tostadas, incluso los tonos oscuros de algunas legumbres o condimentos. Todo forma parte de una composición.

No diría que el ayurveda se reduzca a cuatro colores fijos, porque sería simplificar demasiado. Pero sí podemos decir que en la cocina india tradicional el color tiene una presencia muy simbólica y práctica. Los colores suelen acompañar a sabores, especias y efectos: lo que calienta, lo que refresca, lo que mueve, lo que nutre, lo que seca, lo que suaviza, lo que despierta la digestión.

Un plato equilibrado no busca una sola fuerza. Busca varias fuerzas conversando entre sí. El equilibrio.

La medicina china observa ciclos y movimientos. El sistema galénico observa cualidades y humores. El ayurveda observa doshas, sabores y efectos. Cada uno tiene su lenguaje, pero todos hacen algo que hoy a veces olvidamos: no separan el cuerpo de la naturaleza.

El cuerpo no está fuera del día y la noche.

No está fuera del calor y el frío.

No está fuera de la humedad y la sequedad.

No está fuera de la estación, del alimento, del descanso o de la emoción.

Y cuando una empieza a mirar así, deja de pensar en las plantas y los remedios como si fueran respuestas automáticas.

Aquí está la diferencia entre repetir recetas y tener criterio.

Porque hoy muchas veces preguntamos: “¿Esto para qué sirve?”

Pero quizá la pregunta más sabia sería otra: “¿A quién le sirve, cuándo, cuánto y en qué estado?”

Ahí cambia todo.

No como una receta cerrada. Como una conversación con el cuerpo.

Y esto es lo que más me gusta de estos sistemas antiguos: obligan a mirar antes de actuar.

La Madera brota. El Fuego transforma. La Tierra sostiene, nutre y también puede acumular humedad cuando se desequilibra. El Metal seca, ordena, depura y ayuda a soltar. El Agua conserva, enfría y guarda profundidad.

El fuego calienta. El agua humedece. El aire seca y mueve. La tierra concentra, pesa, baja y recoge. Los humores expresan esas cualidades dentro del cuerpo. Los doshas ayurvédicos explican tendencias parecidas desde otro mapa: movimiento, calor, humedad, sequedad, estabilidad, ligereza, pesadez.

Tres formas distintas de acercarse a una misma intuición.

La vida se sostiene porque las fuerzas se transforman y se regulan.

Y cuando una empieza a mirar así, el cuerpo deja de ser una lista de síntomas sueltos.

La sequedad del ambiente importa.

La humedad de una casa importa.

El frío acumulado importa.

El exceso de calor interno importa.

La comida repetida todos los días importa.

La emoción contenida importa.

Dormir poco importa.

Vivir siempre con prisa importa.

No porque haya que obsesionarse con todo, sino porque el cuerpo escucha todo. Y SIEMPRE responde.

A veces responde con claridad. Otras veces responde bajito. Primero con una señal pequeña. Una molestia. Una digestión rara. Una piel más seca. Un cansancio diferente. Una tensión que vuelve. Una necesidad de parar.

Y si no escuchamos cuando habla bajito, muchas veces termina gritando.

Por eso, para mí, comparar la medicina tradicional china, el sistema galénico y el ayurveda no es un ejercicio académico frío. Es una forma de recordar algo muy sencillo: el cuerpo tiene lenguaje. La naturaleza también. Y quizá hemos perdido parte de la paciencia necesaria para escucharlos.

Y aquí también me nace una reflexión sobre la medicina moderna.

No estoy en contra de los medicamentos. Sería absurdo decir algo así. Hay medicamentos necesarios, útiles, incluso imprescindibles. Muchas veces alivian, salvan, estabilizan y ayudan cuando el cuerpo no puede sostener solo una situación. No se trata de rechazar la medicina moderna ni de romantizar lo antiguo sino unir ambas cosas y buscar un equilibrio con criterio personal.

Creo que deberíamos ser más críticos y más conscientes.

Porque muchas veces los medicamentos buscan eliminar la molestia, apagar el síntoma, cortar el efecto visible. Y eso puede ser necesario. Pero no siempre significa que se esté resolviendo la raíz del problema. A veces quitamos el dolor, pero no miramos por qué apareció. Bajamos la fiebre, pero no nos preguntamos qué está intentando hacer el cuerpo. Cortamos una reacción, pero no observamos qué estado la provocó ni qué pasa si lo cortamos.

Y repito: no digo que no haya que hacerlo. Hay momentos en los que hay que aliviar, intervenir y actuar. Pero quizá antes de usar algo de forma automática, todos deberíamos hacernos una pregunta más profunda:

¿Cómo está mi cuerpo ahora mismo?

¿Qué necesita realmente en este momento?

¿Estoy eliminando una molestia que simplemente me incomoda, o estoy interrumpiendo un proceso que quizá mi cuerpo necesita para recuperar su armonía?

¿Estoy apagando una señal sin escuchar lo que venía a decirme?

Esta pregunta no es contra la medicina. Es a favor del criterio personal.

Porque ya no se trata solo de sentirnos mejor en el menor tiempo posible. Se trata de entendernos mejor. De observar nuestro cuerpo, sus estados, sus emociones, sus excesos y sus carencias. Se trata de recuperar una relación más consciente con nosotras mismas.

Yo personalmente lo veo como una necesidad de recuperar y desarrollar el criterio personal para mantener la soberanía real sobre nuestro propio cuerpo.

Y cuando digo soberanía, no lo digo como una palabra grande y lejana. Lo digo de forma muy simple. Saber observarse. Saber hacerse preguntas. Saber no delegarlo todo automáticamente. Saber cuándo necesitas ayuda médica, sí, pero también saber cuándo tu cuerpo te está pidiendo descanso, calor, alimento, movimiento, silencio, humedad, ligereza o simplemente menos exceso.

Al final, solo tenemos este cuerpo.

Y tiene que durarnos toda la vida.

No hace falta convertir todo esto en dogma. No hace falta creerlo todo literalmente. Tampoco se trata de sustituir la medicina actual ni de jugar a diagnosticar. Pero sí podemos recuperar algo muy valioso de estas miradas antiguas: la atención.

Atención al calor.

Atención al frío.

Atención a la humedad.

Atención a la sequedad.

Atención al movimiento.

Atención al exceso.

Atención a lo que falta y lo que sobra.

Porque en la naturaleza, ningún exceso queda sin respuesta. Y en el cuerpo, aunque a veces tarde más, ocurre lo mismo.

Una planta, un alimento, un remedio o un medicamento no deberían verse como respuestas automáticas. Dependen del momento, de la persona, de la cantidad, de la estación y del estado del cuerpo. Esa es la parte que más me interesa. No repetir fórmulas vacías, sino aprender a mirar con criterio.

Tal vez la salud empieza antes de tomar nada.

Empieza cuando una se pregunta: ¿qué está pasando aquí?

¿Hay calor o frío?

¿Hay humedad o sequedad?

¿Hay exceso o falta?

¿Hay algo que necesita moverse?

¿Hay algo que necesita descansar?

¿Estoy intentando estimular un cuerpo agotado?

¿Estoy secando un cuerpo que ya estaba seco?

¿Estoy enfriando algo que ya estaba demasiado frío?

¿Estoy reteniendo algo que necesita salir?

¿Estoy empujando algo que primero necesita sostén?

Estas preguntas parecen simples, pero tienen mucha profundidad. Son preguntas antiguas. Preguntas de cocina, de campo, de botica, de cuerpo y de vida. Son preguntas que un médico de MTC te haría hace dos mil años y también hoy en día.

Y quizá por eso estas preguntas siguen teniendo sentido.

Porque al final, la medicina tradicional china (MTC), el sistema galénico y el ayurveda, cada uno con su propio mapa, nos recuerdan lo mismo: vivir es mantener una conversación constante con el equilibrio.

No un equilibrio perfecto.

No un equilibrio quieto porque esto sería absurdo.

Un equilibrio vivo.

De esos que se pierden un poco, se escuchan, se corrigen, se vuelven a perder y se vuelven a cuidar.

Como el día y la noche.

Como la lluvia y la tierra.

Como el fuego que transforma y el agua que calma.

Como el metal que corta lo sobrante.

Como la tierra que nutre, pero también puede volverse pesada si retiene demasiado.

Como el cuerpo, cuando por fin dejamos de imponerle respuestas y empezamos a preguntarle qué necesita.

Nota: Este artículo tiene un enfoque divulgativo, histórico y algo simbólico. Es sólo una opinión personal. Y en ningún caso sustituye el diagnóstico ni el tratamiento médico profesional. No propone abandonar tratamientos médicos ni medicamentos prescritos. Ante enfermedad, síntomas persistentes o dudas de salud, conviene consultar con un profesional sanitario.

Esto es mi humilde reflexión personal y no soy ni médico ni experta pero invito a todos a comentar y reflexionar abiertamente sobre este tema. Si crees que me equivoco en algún punto, te pido por favor, coméntalo porque realmente me gustaría conocer la opinión de otras personas para entender y ordenar estos conocimientos de forma más coherente.

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