
ORTIGA COMO ALIMENTO CUANDO NO HAY DINERO: CUANDO EL CUERPO NECESITA SOSTENERSE
No es una planta “medicinal”. Es comida. Y durante mucho tiempo, fue suficiente.

Hay épocas en las que el problema no es la digestión, ni el dolor, ni el cansancio. Es más simple que todo eso. Falta comida. Falta acceso. Falta dinero.
En ese contexto, no se buscaban remedios. Se buscaba qué poner en la mesa.
Y ahí, la ortiga aparece de otra manera.
No como planta para tratar algo, sino como alimento. Como lo que hay cuando no hay otra cosa. Crece sola, no se cultiva, no se compra y, sin embargo, sostiene. Durante generaciones, fue parte de la alimentación cotidiana en muchos lugares, no por elección sofisticada, sino por necesidad directa.
La preparación no tenía misterio. Las hojas se recogían frescas, se hervían en agua durante unos minutos —lo suficiente para eliminar el escozor— y se escurrían bien. Después se aliñaban con sal y aceite, como cualquier verdura. No había intención de hacer un plato elaborado. Se trataba de comer.
Font Quer lo describe con una naturalidad que hoy sorprende: “como verdura, se toma hervida y sazonada con sal y aceite, como las espinacas”. Sin más. No hay discurso. No hay promesa. Solo uso.
Hoy, cuando ya no estamos obligados a comer ortigas por necesidad, cambia el contexto, pero no necesariamente su valor.

En mi caso, la preparo de una forma muy concreta. Después de hervirlas y escurrirlas bien, las paso a una sartén donde previamente he salteado unos ajos tiernos. Ahí se mezclan con unas pocas pasas, que aportan un contraste suave, y después se integran con patata hervida. Todo se liga con el mismo aceite en el que se han salteado las ortigas y un poco de pimentón.
No es una receta complicada ni pretende serlo. Es un plato sencillo, fácil de preparar, que puede servirse como entrada o como guarnición. Pero cuando lo comes, entiendes algo importante: no estás tomando un “remedio”, estás comiendo algo que realmente sostiene.
Y eso cambia la percepción.
Porque una cosa es hablar de minerales, de hierro o de clorofila. Y otra muy distinta es sentarse a la mesa y notar que el cuerpo lo acepta, lo digiere y lo agradece.
Ahí es donde la ortiga deja de ser una planta interesante… y vuelve a ser lo que siempre fue. Comida.
También hay que decirlo: no todo el mundo necesita incorporar ortigas a su alimentación diaria. Y tampoco tiene sentido hacerlo sin criterio. Si el cuerpo está irritado, muy seco o con digestión sensible, introducir este tipo de verdura sin cuidado puede no ser lo más adecuado.
Pero en estados de debilidad, de falta de sustento o incluso en momentos de recuperación, tiene todo el sentido.

Hay incluso relatos de épocas de guerra o posguerra en los que familias enteras sobrevivían durante semanas con ortigas, hierbas silvestres y poco más. No es una imagen romántica. Es dura. Pero también muestra algo que hemos olvidado: que hay plantas que no son complemento, sino base.
Y entender eso… cambia la forma de mirar lo que tenemos delante.

Si esto te resulta útil, puedes compartirlo.
→ WhatsApp · Email
Ver el vídeo en YouTube
